
Miré al cielo y lo único que vi fueron nubes. Todo el cielo estaba inundado de tonos grises que amenazaban con romperse para dar paso a la lluvia. Solo quería salir de casa, olvidarme y dejar que el aire me enredara el pelo a su gusto y unas pocas gotas de agua no me lo impedirían, así que cogí mi viejo paraguas de colores y marché a la aventura.
No tenía rumbo fijo, solamente quería andar a mi aire, salir y despejarme, que la única presión que hubiera fuera la que se cargaba en el aire poco a poco. El paisaje no era el adecuado para animar a una persona, era feo, gris, oscuro, creo que la palabra exacta es deprimente. Todo el mundo estaba bajo el techo iluminado de sus casas y yo, como una idiota estaba bajo esa capa de nubes que me miraban fijamente amenazándome con mojarme. El único sonido que se oía era el de mis zapatos chocando contra el suelo una y otra vez, miré mis zapatos y me di cuenta de que el cordón verde fosforito y el paraguas que llevaba en mi mano era lo más colorido del paisaje.
Como auguraba las nubes cumplieron su promesa, empezó a llover y el paraguas desempeñó su trabajo y me protegió de las malvadas gotas de agua. Ya si que no tenía rumbo, el camino gris se había difuminado con la lluvia que resbalaba por el… como dije antes, deprimente. Entonces tuve una gran idea, miré al cielo; pero no a esos nubarrones que estaban descargando, si no, a mi viejo paraguas de colores que me había acompañado tantas veces. Empecé a darle vueltas, los colores pasaban fugazmente por mis ojos: Naranja, amarillo, rojo, azul, verde… Esos colores visitaron mi cabeza que ya no era tan gris, se iba llenando de todos los colores del paraguas y entre ellos hacían una fiesta, una bonita fiesta a la que estaban invitados mis recuerdos. Y sin venir a cuento… Zas! Lo paré. Y el ganador es… ¡Verde!
Verde… esperanza.
Esperanza en un día gris.
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